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Y es esa ciencia la que intenta acercar a los turistas que la visitan esta Ciudad Cultural. Aparte de lo que ofrece científicamente, arquitectónicamente es muy interesante  por las estructuras tan modernas de las que está compuesto, en plan futurista, rodeado de estanques muy bien iluminados por la noche, que hace las delicias de cualquier turista para sacar fotos a cualquiera de sus rincones.
 
El 13 de noviembre del año 2000 abrió sus puertas al público el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. Dos años antes había sido inaugurado L’Hemisferic, que fue el primer elemento de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Hoy contamos ya, además del Museo y L’Hemisferic, con L’Umbracle, el Oceanográfico, el Palacio de las Artes y el Ágora.  Todo un conjunto de arte y ciencia, de tecnología e imagen nueva para una ciudad como Valencia que comienza ya a ser reconocida en el mundo entero como la ciudad de la cultura integral.
 
Por lo que respecta al museo, el modelo que elegimos está en línea con la revolucionaria idea que rige en este tipo de centros, la interactividad plena, esquemáticamente simbolizada por la frase clave, un poco provocadora pero siempre contundente: “prohibido no tocar, no sentir y no pensar”. Lo que realmente significa que “prohibido no aprender”. En los museos o centros de ciencia interactivos, como el nuestro, presentamos un enfoque conceptual de lo que se pretende comunicar, en lugar del tradicional enfoque objetual derivado de la existencia de colecciones de piezas valiosas.
 
El tipo de visita que se ofrece permite que al salir se puedan tener más preguntas que al entrar. Señal inequívoca, obviamente, de que se avanza hacia el conocimiento, de que mejora el nivel de cultura científica del visitante. Una cultura científica con objetivos horizontales, para todos los públicos. De manera dispersa o puntual, a veces incluso en directa relación con la actualidad noticiosa de la ciencia y la tecnología. Y sin distinción de especialidades; por eso otro lema aplicable a los museos interactivos tiene que ver con el hecho de que “la Naturaleza no tiene la culpa de que el hombre inventara las asignaturas”.
 
Todo ello suena revolucionario. Sobre todo si se tienen en cuenta además su estilo abierto, que hace sentirse protagonista al visitante. O su ambiente activo y lúdico –a veces ruidoso e incluso divertido, por qué no- y su carácter eminentemente popular, no elitista ni especializado. Habría que añadir, quizá, aun otro lema: “la ciencia puede ser divertida”. Es obvio que, en un museo interactivo, la cultura científica se disfruta…
 
El Museo Príncipe de Asturias es de líneas geométricas casi imposibles y el Hemisférico con su forma de ojo también tiene una forma muy interesante. Bajo un paseo de palmeras y esculturas está el parking.
 
Eso significa que además de las visitas a sus espacios expositivos, el Museo ofrece todo tipo de actividades e iniciativas relacionadas con la educación y la divulgación científica, prestando especial atención al fomento y al desarrollo de actitudes tales como la curiosidad y el espíritu crítico, así como a la enseñanza de los conocimientos y métodos relacionados con las ciencias. Nuestro museo adopta, así, la filosofía de educación continua propia de los demás museos interactivos.
 
En suma, un centro para la educación científica en el sentido más amplio del término, que crea oportunidades para que las personas vivan una situación de aprendizaje divergente, y en el que no está previsto de manera rígida el resultado de su pensamiento.
 
Por añadidura, los contenidos encuentran en el edificio que los alberga una de las claves para desarrollar un discurso expositivo dotado de identidad propia, porque es lo que hace del Museo algo único. Por una parte el edificio de Santiago Calatrava, realmente impresionante; tiene tal valor que no sólo las propuestas museológicas deben evitar “luchar” contra él sino que han de utilizarlo en provecho del discurso conceptual. Nunca debiera plantearse una competición formal entre el contenido y el contenedor; éste es arquitectónicamente impresionante, los contenidos han de serlo igualmente, pero desde el punto de vista conceptual.
 
El edificio es sobre todo una joya arquitectónica cuya contemplación debe ser posible también desde el interior del edificio. Constituye, sin duda, un eficaz testimonio de los logros tecnológicos y estéticos que la humanidad puede alcanzar en el inicio del siglo XXI.
 
Otra característica que hace único al Museo de las Ciencias Príncipe Felipe es su integración en el espectacular conjunto de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Un efecto de sinergia que se ha hecho sentir en los últimos años de manera patente, en unión con L’Hemisfèric y el Oceanográfico, y que ahora alcanza su máxima expresión con la apertura del extraordinario Palau de les Arts Reina Sofía, el teatro de la ópera que marcará un antes y un después en este siglo XXI.
 
En sus primeros seis años de vida, el Museo ha sido visitado por más de 18 millones de personas. Y hemos ofrecido a nuestros visitantes más de cien exposiciones diferentes, con cerca de 2.300 módulos expositivos. Hemos colaborado directamente con museos de más de treinta países y con prácticamente todos los museos españoles de ciencia, hemos generado más de mil actividades de divulgación científica, hemos propiciado millones de observaciones a la Luna, al Sol, a Marte, a Venus, a Saturno…
 
El Oceanográfico nos desvela los secretos y todas las clases de especies marinas de todos los océanos del mundo, teniendo cada uno su propio pabellón.   Tanto la ciudad de las ciencias como el parque de cabecera, una gran superficie natural en medio de la ciudad, han revalorizado todas las viviendas de la zona y han pasado de ser una zona de antiguas naves industriales a ser zona residencial y turística.
 
Ya hemos mandado a más de 100.000 tripulantes a la estación Espacial Internacional a través de nuestro simulador, hemos provocado miles de estornudos mecánicos en nuestros visitantes del Bosque de Cromosomas, en torno al Cromosoma 5, uno de los casi 200 módulos interactivos de esa zona de la macroexposición VIDA y GENOMA.
 
Sin contar con los millones de aplausos y sonrisas, exclamaciones y caras de sorpresa, incluso algún pequeño sobresalto, que han ido surgiendo en todas y cada una de las sesiones de la Ciencia a Escena, en las múltiples dinamizaciones y talleres de todo tipo que hemos ido desarrollando en este tiempo…
 
Con la modestia propia de aquellos que saben que siempre quedan cosas por hacer y mejorar, no podemos evitar sentirnos orgullosos de lo que hemos conseguido, con el apoyo de la Generalitat y del público que nos ha visitado y que nos ha dicho de forma abrumadoramente mayoritaria que quiere volver a vernos en otra ocasión (más del 80% de los visitantes lo expresan así en las encuestas). Pero al mismo tiempo somos conscientes de la enorme responsabilidad que entraña afrontar los años venideros no sólo manteniendo los niveles actuales sino mejorando todo aquello que, inevitablemente, no habremos hecho bien.
 
Este museo ya cautiva desde el exterior. Un edificio de proporciones grandiosas y formas orgánicas que alberga multitud de actividades e iniciativas relacionadas con la evolución de la vida y la divulgación científica y tecnológica.
 
Los visitantes cuentan con grandes zonas de acceso libre y casi 30.000 metros cuadrados de exposición. La interactividad distingue al Museo de las Ciencias Príncipe Felipe que se presenta bajo el lema: “Prohibido no tocar, no sentir, no pensar”. De esta forma, el museo se convierte en un instrumento real de educación y reactivación de la capacidad crítica de la población.
 
Junto al extenso material expositivo, el museo también promueve la difusión de actividades y publicaciones relacionadas con la ciencia y la educación, transformándose en transmisor de conocimientos entre el mundo científico-educativo y el conjunto de la sociedad.
 
Su valor como complemento y apoyo para la actividad educativa de los centros escolares y para las empresas e instituciones, lo convierte en un museo vivo que mantiene un diálogo constante con la sociedad que le rodea.